El bullying y lo que he aprendido como víctima

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Hoy he leído esta entrada de Louma Sader en Amor maternal “Las dos caras del bullying”. La verdad es que he llorado al leerlo. Y he necesitado escribir, lo que desde pequeña ha sido para mi una terapia. Y es que yo también sufrí bullying. Es un tema que apenas he tratado con nadie, con mi pareja, amigas muy cercanas y poco mas. Porque la victima del bullying, al igual que las victimas de cualquier violencia, a menudo se creen culpables de lo ocurrido. Yo creía que yo me merecía lo que me pasaba, tal vez un castigo divino, tal vez una consecuencia de no ser una familia “normal”. Estoy a punto de cumplir 30 años, ya no soy esa niña asustadiza y tímida que se escondía, que aguantaba el aliento y cruzaba los dedos para que algunos compañeros pasaran de largo. Ya no. Ahora soy madre. Ahora lucho contra eso, y estoy ahí, al pie del cañón, para que mis hijos no sean victimas, pero tampoco verdugos.
Durante toda mi infancia y adolescencia fui atacada por como vestía, por como me peinaba (o por como no me peinaba), por mi religión, por mi familia, por mi acento, por mi timidez… Nunca me sentí parte del grupo. Pasé mucho tiempo sola, mucho tiempo escondida, mucho tiempo llorando… Fui victima de bromas de muy mal gusto. Fui apartada de todos los grupos. Nunca encajé. Arrastré esa carga muchos años después, seguí siendo esa niña victima durante demasiado tiempo. Supongo que cada cual tarda su tiempo en sanar sus heridas.
En casa también tenia problemas. Así que aislé los dos mundos. Me aseguré que los problemas de casa nunca llegarían a la escuela, y en contra, los problemas de la escuela nunca llegarían a casa. Así me aseguraba el silencio y que la verdad, mi verdad siguiera oculta. Porque no había nada que me diera mas miedo en mi infancia que mis secretos salieran a la luz y pasaran a ser de dominio publico. Me volví experta en decir bien cuando me preguntaban que tal iba todo. Me convertí en una experta mentirosa. Mi vida dependía de ello, o eso creía.
Me rodeé de amigas que al final no eran amigas. Que me tenían ahí como el bufón del  rey. Que se burlaban constantemente de mi. Y me rodeé también de amigas que si lo eran. Que me hacían sentir parte del grupo y un poco mas “normal”. Me sentía tan lejana al mundo, tan estupida, tan tonta que estaba convencida que algún profesor descubriria en mi algún retraso mental que explicara todo lo que me pasaba.
Me escondí en la lectura y en la escritura. Cuando un profesor fallaba yo me escondía en mi carpeta naranja, y dejaba volar mis sueños de huida. Me refugiaba en libros que me transportaban lejos. Pero había días que ni eso servía. Días en que volviendo en casa con la moto cerraba los ojos, a ver si tenia un accidente. Momentos en que de verdad, quería morir. Lo deseaba con todas mis fuerzas. No era feliz en ningún aspecto de mi vida, estuve pasando una depresión muy grande.
Uno de los episodios mas duros que viví en mi infancia me hizo salir llorando de clase. Días después, una compañera vino y se disculpo. Me dijo que sentía haber participado en esa broma. Y a mi se me quedo totalmente grabado, porque era la primera y única vez que me pidieron perdón. De hecho, para esa persona igual no fue tan importante, pero para mi marcó un antes y un después. Es de las muy pocas persona de esa época con la que aún tengo algún tipo de contacto, y de hecho siento un gran aprecio por ella. Que me pidieran perdón, alguien “normal”, que encajaba, hizo que sintiera que no era merecedora de esa actitud.

Todo ese dolor me llevó a tener una grave adicción a los chats, a conocer gente que me aceptara. Me levantaba, me ponía un tazón de cereales, y me iba al ordenador. Paraba para picotear algo a mediodía, y otra vez al ordenador hasta la cena. Y así conocí a mucha gente que me hirió, que me avergonzó, que me insultó, que me atacó de diferentes formas. También gente que sin atacarme verbalmente, eran un peligro mucho mayor para mi, hombres mayores que me decían que me querían, que querían estar conmigo… Ahora se que tuve suerte, mucha suerte. Que a pesar de caer en ese pozo, de ser dependiente de las tonterías que me decían hombres sin escrúpulos ni vergüenza, nunca pude quedar con ellos (el) en persona, porque eso habría sido mucho peor. Como madre ahora lo se…
A los 18 años me fui y no miré atrás. Mi familia se mudo y así no tuve que volver amenudo al pueblo donde crecí. Durante años, al ir a visitar a una de mis mejores amigas que sigue viviendo ahí, no saliamos de su casa. Ni a pasear, ni al parque, ni a las fiestas. Odiaba ese pueblo, y no quería saber nada de el. Lo culpaba de todos mis problemas. Iba lo menos posible y solo iba por ella.

Todo lo que viví fue creando en mi una coraza que se hizo muy gruesa…  Cada herida, cada desilusión, cada engaño, cada mofa fue engrosando mi incapacidad por sentir nada. Y durante años sentí que ni quería, ni odiaba ni sentia… Era como si fuera ajena a todo lo que me pasaba. Eso afecto también a mi maternidad, y durante algún tiempo estuve muy distante de Marta. Yo era recelo, miedo a dejarme sentir y ser… Marta tuvo que aguantar mucho los primeros años de su vida. Luego llegó Isona y la coraza empezó a caer, a trozos, deshecha por las lagrimas que derramé al ver lo que le habia hecho a Marta… Fue una etapa de transición que me hizo ser mejor persona y infinitamente mejor madre… Aunque en esos momentos solo ves que tienes un montón de emociones revolucionadas y crees que estas loca… Pero esas lagrimas poco a poco fueron curando mis heridas…
Ahora tal vez por los años transcurridos, o tal vez por ser madre de tres preciosos hijos, lo veo de forma distinta… Puedo mirar atrás sin necesitar cerrar esa puerta al dolor. Puedo dejar que ese dolor fluya, sentirlo, porque está ahí, y siempre estará. Porque mi infancia fue difícil. Pero ya no manda mi dolor. Ya no tiene las riendas. Ya no siento desde la rabia, desde el rencor. Ya no pienso solo en lo malo. Ahora puedo recordar también las cosas buenas,  que las hubo. En ese pueblo reí, lloré, salí de fiesta, me emborrache por primera vez, descubrí la lectura y mi pasión por escribir, me enamoré del chico mas guapo del mundo, ese del que una sola sonrisa te arreglaba el día. Es una tierra preciosa que recuerdo con mucha nostalgia y me encantaría que mis hijos conocieran mejor. Es el país del viento y del arroz. Mi casa era preciosa, rodeada de arrozales. Creo que es lo que mas hecho de menos. Blanca, con un gran arbol que con el siseo de sus hojas me acompañaba al leer. Ahí hice mi primer botellón y tuve mis primeros besos. Así que mi infancia fue también mágica y especial.
Y ahora ya no quiero vengarme. Hace años, al pensar en escribir algo así, mi idea era en plan vengativo. Que todo el mundo supiese que clase de personas eran. Pero ahora pienso que ojala hayan encontrado su camino. Como queda muy claro en el texto de Louma, la violencia viene precedida por violencia. Yo siento que quien me lastimó fuera también lastimado. Fuera por sus padres, por amigos, por abuelos, por profesores, por hermanos… Siento lo que os pasó y deseo que encontréis vuestro camino. Yo he encontrado el mio.
Ahora la mayoría de días son normales, en que soy yo misma. Hay días geniales, en los que soy una versión mejorada. Y hay días malos, en los cuales es mas fácil recaer en ese bucle de miedo, tristeza e inseguridad. A pesar de todo, incluso los días mas malos me levanto, con la barbilla alta, y me repito que soy una superviviente. Sobreviví, primero a mi misma. Y después al mundo.
Ahora mi pasado marca mi futuro, por mis hijos. Se que es lo que no quiero que vivan. Intento cada día augmentar su confianza, su fuerza. A base de contacto, cariño y respeto. Intento que crean en si mismos, que sepan que a quién mas debemos querer es a nosotros, para poder así querer a los demás como se merecen. Intento que sean respetuosos con los demás. Que escuchen a sus amigos. Que se preocupen por sus problemas. Y eso no se enseña con palabras, sino con hechos. Si yo quiero que respeten les debo respetar. Jamás pegarles. Jamás humillarles, menos delante de otras personas. Jamás atacarles. Jamás ignorarles. Porque esa es la forma de enseñarles como se debe tratar a las personas. Y como deben tratarles a ellos. Si yo les trato mal y les digo que es porque los quiero, que van a aprender? Que todo el que les hiera lo hace porque les quiere? Si me equivoco, si un día me porto mal, si les hiero, incluso aunque no sea de forma intencionada, debo disculparme, y explicarles que me pasó. Y aprender de ello. Hablar de emociones, verbalizar lo que nos pasa. Parece que cuando haces eso, cuando te abres a otras personas, te vuelves vulnerable. Lo se, porque lo he sentido toda mi vida. Les da la posibilidad de herirte. Pero si no lo hacemos,  si no damos lo mejor de nosotros… como aspirar a dar menos a nuestros hijos? A lo mas importante y sagrado que tenemos? Superar ese miedo y saltar, y ver que no caes, que no te golpeas es la mayor sensación de libertad que he sentido. Yo adoro a mis hijos, y ellos a mi. Y no tengo miedo que me lastimen. Si lo hacen, incluso aunque lo hagan adrede, se que lo hablaremos y lo solucionaremos. No necesitamos tantos gracias, ni tanta educación políticamente correcta. Necesitamos empatía.  Necesitamos escuchar. Necesitamos mas adultos que lloren. Mas adultos que fluyan. Necesitamos sentir y confiar.

Os dejo este corto de Carlos Cuarón donde se ve la violencia que hay detrás de cada ataque, que los atacantes suelen ser también victimas y aunque eso no nos libera de nuestra responsabilidad, si nos sirve para entender lo que sentimos y porque.


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