¿Mamá, Dios existe?

child-945422_1920Hay cosas en la vida que son inciertas, y que depende la persona y no del hecho en si verlas de un modo u otro. Ahí entra en juego la fe. Y es que la fe es algo muy subjetivo que cada cual vemos con nuestros ojos. Yo soy atea. Mi pareja es atea. Y en mi casa no celebramos santos, ni nos casamos por la iglesia, ni nuestros hijos están bautizados… Pero yo no soy quien para decir que mis hijos son ateos. Ellos, por ahora, son ajenos a todo esto de la religión, la han palpado poco, con preguntas a las cuales respondo como se y si no se, pues a veces buscamos la información. Se han interesado por ella, y después de saciar su curiosidad, se concentran en otra cosa.

Hay una pregunta que todo niño hace en algún momento: “¿Dios existe?” Es una pregunta complicada, porque demasiado a menudo cargamos a nuestros hijos con nuestras creencias. Sea si o no nuestra respuesta, ¿podemos (o debemos) responder de manera tajante? Como ya he dicho, soy totalmente atea. Pero ¿quien soy yo para decirle a alguien que su Dios no existe? ¿Quiero que mi hij@ vaya por el mundo creyendo que mi verdad o su verdad son absolutas? ¿Lo es? ¿Puedo tener la certeza de que no existe? ¿O de que existe? La fe da muchas mas preguntas que respuesta, pero a pesar de ello solemos responderles con nuestra visión, sin puntos ni comas.

Como no quería mentirles a mis hijos, y a veces es muy complicado ponerse los zapatos del otro simplemente porque no lo comprendemos, pues les devolví la pregunta y me funcionó. ¿Tu que crees? Al principio me miraban con cara de interrogación, pero vi que había acertado. Pasaron de esperar mi respuesta, a buscarla en ellos mismos. Por ahora su respuesta, es no. No han tenido a nadie cercano realmente creyente, por lo que si tengo claro que su respuesta está totalmente condicionada, pero al menos se que no es porque mis palabras o hechos hayan sido tajantes. Han tenido una biblia infantil, y les he ofrecido la posibilidad de estudiar religión. De este tema surgen debates muy interesantes porque tienen muchas preguntas. A algunas puedo responder, porque son hechos de la Biblia, a otras, mas relacionadas con creer no puedo responderles, así que de nuevo se las devuelvo. Cuando lo he creído necesario, les he ofrecido mu visión, dejandoles claro que era mía, no suya. Que yo no creía en Dios, pero que si había mucha gente que creía, y que es una visión personal a la que debemos respondernos nosotros mismos.

Descubrí una formula que me ha acompañado a lo largo de los años, desde que Marta se interesó por primera vez en Dios. Y es que si al final la fe depende de uno mismo, ¿porque nos esforzamos en hacerlo tan complicado?

– Mamá, ¿Dios existe?

– ¿Tu que crees? Si tu crees en el, existe. Y sino, no.

Esa frase tan simple me ha ayudado mucho, ya que por un lado les devuelvo el derecho al credo, que es suyo y de nadie mas, y por el otro le demuestro que se puede no creer, y entender que los demás si crean. Porque yo no creo en Dios, pero respeto mucho a quien si cree, y no acepto bajo ningún concepto ninguna clase de ataque, porque mis derechos acaban donde empiezan los de los demás. A mi nadie me va a obligar a creer, pero yo no obligaré a nadie a ser ateo. Y si necesito hacerlo, el problema lo tengo yo. La fe no es causante de guerras, lo es el ser humano y su obsesión por creer tener la verdad absoluta y querer convertir a todo el mundo en lo que el mismo es.

Creer o no creer no debería venir condicionado por una obligación o condición. Es normal que nosotros, ejemplo para nuestros hijos, les marquemos un camino, ya que estamos a su lado y nos ven e imitan. Pero deberíamos asegurarnos de que saben que nuestras decisiones son nuestras, no de ellos, y que ellos tienen la absoluta libertad para decidir por si mismos. Y si mis hijos quieren el día de mañana bautizarse, o hacer la comunión, o convertirse al islam, o hacerse budistas… Es que es su decisión, y yo podré sorprenderme al principio, pero mi obligación como madre es que sepan que les querré hagan lo que hagan, porque eso no cambiará quienes son.

No podemos aspirar a que nuestros hijos sean libres si les encadenamos a nuestras creencias. Y eso no significa mantenerle al margen, porque es totalmente normal que el hijo de una familia creyente acuda con su familia a la iglesia. Al igual que es normal que una familia no creyente no lleve a sus hijos a una misa. Simplemente, creo que debemos hacerles responsables de sus decisiones e ideas. Es tan simple como eso. Dejarles claro que hay gente que cree y gente que no, y que es su responsabilidad saber que sienten, buscar en su corazón y escucharse, y ser valientes como para romper las cadenas que les pongamos, incluso aunque las pongamos sin querer. Nosotros estamos viviendo nuestra vida, como creemos que debemos y queremos vivírla. Y yo aspiro a que mis hijos hagan lo mismo.

La semana que viene hablaré de como enfocamos en casa la Navidad, y que hicimos cuando llegó el momento en que Marta empezaba a darse cuenta de la “verdad” que hay detrás de la magia navideña.


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