Cuando llega la duda sobre la existencia de la magia de la Navidad

the-three-magi-160632_1280La Navidad esta llena de magia, de eso no hay duda. Desde las luces, los colores, pasar tiempo con la familia y amigos, el frío, los mercados Navideños, los villancicos, las vacaciones… Para muchos, entre los que me incluyo, es la mejor época del año. Y cuando llegan los hijos mas aún, porque puedes redescubrir con ellos toda la magia que la Navidad conlleva.

Marta, mi hija mayor, siempre ha sido una niña muy realista, con los pies en el suelo. Muy madura para su edad. Muy pronto (a los 7 años recién cumplidos) ya nos manifestó sus dudas respecto a la existencia del Papa Noel y los Reyes Magos. A mi me preocupaba que eso le causara un desengaño o creyera que ahí se acababa la magia de la Navidad, así que decidí buscar información sobre como proceder. Encontré un cuento que me encantó, y a pesar de no ser creyentes, si creímos que como cuento era genial. Así que decidimos que el día que supiera la verdad, fuera un día inolvidable. Elegimos un día, dejamos a sus hermanos pequeños con sus abuelos, y nos fuimos con Marta a la playa. Era un día con niebla, y parecía que iba a llover. Nos sentamos en las rocas, y le dijimos que habíamos ido ahí para contarle la verdad sobre la magia de la Navidad. Le contamos este cuento, a nuestra manera, sin leerlo. Añado que desconozco su autoría a pesar de buscarlo por Internet un buen rato, si alguien lo conoce agradeceré ese dato para añadirlo. Os dejo el cuento.

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
– ¿Papa?
– Sí, hija, cuéntame
– Oye, quiero… que me digas la verdad
– Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
– Es que… -titubeó Blanca
– Dime, hija, dime.
– Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
– Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
– ¿Y tú qué crees, hija?
– Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
– Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…
– ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
– No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca .
– Entonces no lo entiendo. papá.
– Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
– ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.

– ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
– Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero
sería tan bonito.

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en elPortal:
– Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
– ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas.
Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero. no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
– No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
– ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
– Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.

– Sí, claro, eso es fundamental – asistieron los tres Reyes.
– Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
– Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
– Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

– Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

– Ahora sí que lo entiendo todo papá.. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.

Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
– No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos. 

Recuerdo que al acabar de explicarle esa historia, Marta nos miró sorprendida. En ese momento le explicamos que la Navidad seguía siendo tan mágica como lo había sido hasta entonces, solo que desde ese momemto iba a estar al otro lado de esa magia. Iba a mantener el secreto para que sus hermanos o los otros niños del cole lo descubrieran cuando fuera su momento, iba a poder ayudarnos a buscar los regalos adecuados para sus hermanos y familia y a ponerlos bajo el abeto, pero sobre todo le explicamos que la magia de la Navidad la creamos nosotros. Si queremos ver magia en ella, la encontraremos, porque es una época especial, existan o no los Reyes Magos… Después de eso, paseamos por la playa un rato y le regalamos un día a solas con sus padres. Han pasado años desde entonces, y se que hicimos bien, que lo recuerda con nostalgia, de esa agradable, como un día especial que compartimos con ella. Espera a que su hermana este preparada para darle lo mismo que ella recibió, y eso me hace feliz. Pienso en cuando llegue ese día, y se que Marta se volcará con nosotros para hacer que sea inolvidable.

Desde ese mismo año, Marta pasó a formar parte de ese lado de la magia, ayudándonos a poner los regalos bajo el abeto, a envolverlos con papel de diario o a ocultarlos con telas (huimos hace un tiempo del papel de regalo). Cuando sus hermanos se van a la cama, el día de Nochebuena o el de Reyes, ella también se va. Y cuando se duermen ella se levanta con nosotros y nos ayuda a preparar todo lo que hacemos, incluido comerse las galletas de los renos…

En mi anterior post “¿Mamá, Dios existe?” expliqué mi formula para que mis hijos decidieran por si mismos si creer en Dios o no. Y uso la misma formula para la Navidad y cualquier fiesta o evento mágico. No me gusta mentirles a mis hijos, y no me sentía del todo cómoda con decirles qué existía y qué no. es por ello que aplique la misma formula.

“Mama, el hada de los dientes existe?”

“El hada de los dientes es un ser mágico. Para quien cree en la magia, el hada existe. Para quien no cree, no existe. Tu que crees?”

De nuevo les devuelvo la responsabilidad de dar espacio a sus pensamientos, a valorar y juzgar por si mismos. Que si ella sabe la verdad en el fondo, pero quiere seguir viviendo esta magia, que problema hay?

Isona es todo lo contrario a su hermana, vive siempre en las nubes, en su mundo de colores y fantasía. Y ella aun esta lejos (creo yo) de preguntarse si existe o no. Pero cuando llegue ese día, haremos igual que con Marta. Dejaremos a Unai con sus abuelos, nos iremos delante del mar, y le explicaremos ese precioso cuento que demuestra que la magia existe aunque no sea como nos contaron.

Yo creo en la magia, tal vez no en Hadas de los dientes, ni en Papa Noel, pero creo que el mundo es un lugar para soñar e imaginar y cada oportunidad que surge debemos aprovecharla. Y la Navidad es sin duda una época para soñar…


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