Los derechos de nuestros hijos acaban donde empiezan los de los demás

Vivimos en una sociedad dura. Una sociedad que nos aprieta las tuercas, que nos exprime, que nos menoscaba, que nos acecha. Vivimos en una sociedad que, muy a menudo, nos maltrata. Hemos crecido con un dedo señalándonos cada vez que salíamos de la linea, que nos empujaba al redil, a ser uno mas, y a la vez uno menos. Una sociedad que nos hizo grises…

Es normal y lógico, y a mi entender también sano, que queramos sacar a nuestros hijos de esa formula. Es normal que no nos guste, y que no queramos ni aceptemos que pasen por ello. Es normal que les devolvamos el derecho a ser niños, a jugar libremente, a soñar, a ser felices. Es necesario apartar el dedo que les señala, hacerles participes de las decisiones que les afectan, contar con ellos y permitirles ser ellos mismos.

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Pero en este complicado mundo de la crianza, cuesta saber donde poner los limites. Que hacer, que decir, que dejarles hacer y que no. Y cuesta, porque nosotros crecimos, en muchos casos, bastante atados de alas. Hemos querido dejarles libres, sin saber que es eso de la libertad.Y es por ello que nos cuesta horrores saber donde poner los limites. La sociedad tiene normas, muchas. Algunas absurdas, protocolarias. Normas dictadas por su sexo,  normas dictadas bajo etiquetas establecidas. Pero hay también otras lógicas y necesarias. Normas de convivencia que aseguran una sociedad mas pacifica y respetuosa para todos los miembros.

Entonces, como poner los límites? Que si y que no? Podemos (demasiado a menudo) irnos a los extremos. Por un lado, poner 1000 límites, decir todo el dia NO, marcar, amenazar, gritar, crear miedo… Juzgar, avergonzar, con la única intención de controlar a nuestros hijos. Para que hagan lo que queremos, porque somos nosotros quien sabe que necesitan.

Pero podemos también hacer todo lo contrario. Permitir, sin limites ni control, y aceptar todo lo que nuestro hijo diga y/o haga, por el simple hecho de que es un niño. Así de simple y así de complicado. Si, podemos decir si a todo, aceptar, sonreír, pasar por alto… Podemos meter a nuestros hijos en su propio mundo, con normas a medida según sus necesidades (o las nuestras), ajenos al mundo que les rodea (con sus propias necesidades también). Podemos excusarles, pedir perdón por ellos, o no pedirlo directamente.

Encontrar el equilibrio, buscar la necesidad innata de nuestros hijos y diferenciarla de la necesidad social, adquirida, vendida. O aprendida. Y balancearnos suavemente sobre la cuerda, buscando el equilibrio, dando algún que otro traspiés, caernos… El equilibrio no se aprende de golpe, se aprende equivocándonos, pero sabiendo también que queremos conseguir. Yo no quiero niños egoístas. No quiero personas egoístas. Quiero que se preocupen por la gente, quiero que sean empaticos.

El otro dia fuimos a la peluquería a cortarle el pelo a Unai. Mientras tanto mis dos mayores y yo esperamos ahí, junto a el, mirándolo a través del espejo, haciéndole caras para que sonriera. Las tres sentadas en unas sillas, durante cerca de 40 minutos. Y la peluquera le dice a una clienta: “si, son muy buenos. Una parte es por ellos, porque son así. Y otra por los padres, que saben hacerlo. Hay niños que no saben comportarse, por culpa de sus padres, porque se lo permiten todo, se suben a los sofás y no les dicen nada…” Aquí hay cosas con las que evidentemente no estoy de acuerdo, los niños no son buenos, ni malos, son niños. Tampoco tengo claro esto de que sabemos hacerlo… Creo que saber, sabemos poco… Pero es cierto que una vez borrado el shock inicial debido al vocabulario elegido, me di cuenta de que no había dicho ninguna barbaridad. Si, hay niños sin limites. Nos guste o no, así es. Hay padres que bajo la bandera de “crianza respetuosa” no enseñan a sus hijos a respetar al mundo. Y no va de saber estar sentado en un restaurante dos horas. Va de entender que todo el mundo tiene necesidades tan validas como las nuestras, y derechos, tan esenciales como los nuestros.

Así que si. Mis derechos acaban donde empiezan los derechos de los demás. Los derechos de mis hijos, también. La convivencia se basa en el respeto, y el respeto puede enseñarse también sin gritos ni amenazas. Simplemente estando, observando, escuchando. Siendo respetuosos con el mundo, diciéndoles que esperamos de la gente, como nos sentimos cuando nos tratan mal y como nos sentimos cuando nos tratan bien… No podemos ponerles por encima del mundo, así les enseñamos a ser egoístas, a buscar solo su propia felicidad. Ademas, cuanto mas altos les pongamos, mas grande será la caída.

Hemos pronunciado no sé cuántos millones de veces la palabra “libertad”, pero no sabemos lo que es, porque no la hemos vivido, y la estamos interpretando como permisividad.

José Saramago


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