Ya no…

Los niños crecen. Crecen, así, sin mas. Sin darnos cuenta. Te lo dicen esas personas que les ven poco. Lo altos que están, lo maduros, lo espabilados… Y tu sonríes y dices “Si, verdad?”. Pero la realidad es que a los padres nos cuesta ver como crecen nuestros hijos. Porque es tan poquito a poco, tan sutil, y llevamos tanta prisa, tantas responsabilidades, que no lo vemos. Solo les vemos, a ellos, igual que la semana anterior.

La realidad es que tener bebés es agotador. Dormir poco, moverte mucho. Pasear pasillo arriba, pasillo abajo. Largas noches con cien despertares, ropa sucia por todos sitios, también ropa limpia sin orden ni control. Tener niños pequeños (o bebés grandes) lo es también, perseguir todo el dia a un mini terremoto, cansa mas que correr una maratón. El estar ahí cuando ellos quieren que estés, pero a la vez no quieren, ese tiempo en el que su necesidad por ti se confronta con su necesidad de hacer cosas solo. Y brazos, y suelo, y brazos, y suelo, así durante meses. O años. Y solo mamá. O solo papá.photo-256887_1280

Y a medida que crecen, les acompañamos. De la mano, a descubrir el mundo, y a descubrirse a si mismos. Les damos nuestro tiempo, muchas veces con devoción, otras (las menos) con rabia de no ser nosotras los dueñas de nuestro tiempo. Y descubren el mundo, descubren como sale el Sol y como son los arboles. Y trepan a ellos, mientras con su mirada nos buscan entre la gente. Y alzan la mano, una mano regordeta y sucia, y la sacuden hacia nosotros. Y nosotros hacemos lo propio, levantamos la nuestra y les saludamos mientras les sonreímos. O tal vez no. Tal vez teníamos el móvil entre las manos, o tal vez hablábamos con alguna amiga. O tal vez aprovechábamos esa pausa para desconectar del mundo, o para pensar en facturas y en problemas.

Y un dia, de golpe, nos damos cuenta de que han dejado de necesitarnos como antes. Dejamos de correr tras ellos, nos paramos y los observamos correr solos. Luego correr con amigos. Ya no les perseguimos, ya no les cambiamos el pañal, ya no les alcanzamos las cosas a las que no llegan. Ya no les paseamos pasillo arriba pasillo abajo, de hecho nos parece que eso pasó en otra vida. Ya no les ayudamos a recoger la leche derramada, ni nos necesitan para cambiar las pilas al juguete. De hecho ya ni siquiera quieren ese juguete. Ya no les duchamos, ni les lavamos el pelo, ya no les quitamos los enredos ni les peinamos. Ya no necesitan que les recordemos que deben coger el neceser por tener educación física, ni necesitan que les acompañemos a comprar pilas a la tienda de al lado. Ya no te piden ayuda para bajar del castillo en el parque infantil, ni necesitan que les abras la botella de agua. Ya no quieren que les des la mano mientras patinan, ni que les levantes para ver a los reyes magos.

No, hay muchos “ya no” cuando crecen nuestros hijos. Los cambiamos por muchos “ahora ya”. Ahora ya juegan solos, ahora ya quedan con amigos, ahora ya escuchan su propia música, ahora ya quieren ir a otros sitios con otras personas. Ahora ya hacen actividades que ellos eligen, ahora ya se bañan solos en la piscina, ahora ya se duermen solos.

Y todo esto pasa muy rápido y muy lento a la vez. Porque el día a día es monótono, sin cambios, sin demasiadas novedades. Pero un día te das cuenta como era la vida un año atrás, y echas cuentas, y ves que cada año será distinto, habrá mas “ya no” en la lista, junto a mas “ahora ya”. Cada año nos queda menos tiempo, menos cosas, menos oportunidades. Cada año que pasa nos necesitan menos. O seguramente nos necesitan distinto, pero ahora solo vemos lo que perdemos, lo que se nos escapa..

E intentamos parar el tiempo, observarles como son, grabar su imagen en nuestra retina, el hoy, como son con nosotros y como son con el mundo. Pero no podemos. El tiempo corre por mucho que queramos pararlo, retenerlo, se nos escapa como arena entre los dedos.

Y queremos volver a correr con ellos, ya no tras ellos. Queremos volver a dormirles, volver a cantarles, aunque no no lo pidan. Y queremos abrirles botellas, acompañarles al quiosco. Y queremos recuperar ese tiempo que perdimos (o que creemos perdimos) en que tomamos aire, en que respiramos, en que pensamos en facturas y problemas. Nos damos cuenta de que no nos queda tiempo. La maternidad es una carrera de fondo, y aunque nunca llegaremos a la meta, vemos que cada vez tenemos menos tiempo… Tiempo. Esa palabra antes era propia, de nosotras, significaba ser nosotras mismas, hacer cosas que nos gustaran… Recuperar a quien eramos antes de ser madres. Pero ahora la palabra tiempo coge un nuevo significado. Y pasa a representar una cuenta atrás, pasa a ser el tiempo CON nuestros hijos, una lista de experiencias por vivir, con una fecha límite. Hubo tantas cosas que queríamos hacer, tantas experiencias por compartir que siguen ahí, esperando que el momento justo llegue… Quien sabe si llegará, que cosas haremos, como seremos. Que sitios visitaremos con ellos, siendo aún niños, sintiendo esa devoción infantil por las aventuras…

Pero por ahora hay algo que en casa no ha cambiado. Mis hijos siguen viniendo a mis brazos cuando despiertan, siguen acurrucándose en mi cuello, siguen buscando mi calor, y siguen volcando sus lagrimas en mi camiseta… Supongo que dentro de 3 o 4 años mi vida será totalmente distinta, pero me conformo con que este último párrafo siga siendo igual…


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